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viernes, 9 de octubre de 2015

Transparencia y espectáculo



Herberth Morales


“…el neoliberalismo no es un sistema de ideas abstractas,
sino un cincel de prácticas e idearios socioeconómicos muy definidos”
(Editorial ECA, 741, Pensar la violencia a contracorriente)


Transparencia si se vincula únicamente con corrupción y el erario del Estado es una estupidez reduccionista. Hay otros ámbitos de la vida que se ven vulnerados en esta hiper-transparencia de exponer hasta la privacidad en la esfera pública. La transparencia no es la base de la confianza, es una falacia, pues una sociedad que pide la transparencia en exceso es porque ya perdió la confianza en su sistema político, ya que la confianza es antípoda de la transparencia, porque  la confianza es un acto en el cual uno tiene un grado de desconocimiento del otro en su actuar y se espera que obre según un proceder en el cual confiamos, en eso se confía. La transparencia como adicción nos exige más muestras de exposición del todo, porque ya no se confía en el otro u otros, llevándonos de encuentro la alteridad.

En una sociedad donde se apodera la cultura del espectáculo no existen ciudadanos comprometidos con la democracia, sino espectadores morbosos, que esperan los próximos casos de corrupción no con ánimos de fortalecer la democracia, sino de entretenerse de la siguiente manera: enfadarse y tuitear, sin pretensiones de cambios estructurales, porque eso no está en su horizonte de praxis política; Guatemala es un ejemplo patético de ello, malestar para nada. Los problemas son: Estados débiles, el capitalismo, aquellos empresarios evasores, los políticos carentes de vísceras con amor al bien público y el crimen organizado. Necesitamos transparencia como una teleserie donde desconfiamos de todo, coincidencias con la serie The Walking Dead es producto de mi imaginación.


Apropósito, el morbo por el espectáculo existe de todo tipo según la estructuración a la que uno pertenezca en el plano del espacio social. Quién puede afirmar que se informa de la situación de violencia o corrupción en el Estado, cuando sólo se indigna, pero no se plantea un cambio estructural [Usted vive un tiempo sin macro relatos entienda, me dirán]. El afán en el fondo ante los problemas del país es de entretenerse, y sus medios para lograrlos son distintos; por ejemplo quienes leen Mi Chero o El MÁS habla mucho de su ubicación en el espacio social, en cambio quienes no nos consideramos parte de ese público por tener más capital cultural o económico, leemos El Faro u otros que nos adornan las notas periodísticas con algunas categorías sociológicas o recursos narrativos de la literatura, pero en esencia compartimos mucho con el lector de Mi Chero o El MÁS: entretenernos con las escenas viscosas diarias o conocer al nuevo corrupto, únicamente que para no transgredir la frontera social necesitamos que nos presenten la narrativa más cargada, pero cumpliendo su misión, darnos espectáculo en una sala negra donde devoramos “la realidad”. Por supuesto es injusto no decir que existirán lectores que se informan y quisieran un cambio real, pero esos son bichos raros radicales o que también hay buenos periodistas, pero eso ya lo saben.