Herberth
Morales
“…el neoliberalismo no es un sistema de ideas
abstractas,
sino un cincel de prácticas e idearios socioeconómicos
muy definidos”
(Editorial
ECA, 741, Pensar la violencia a contracorriente)
Transparencia si se vincula
únicamente con corrupción y el erario del Estado es una estupidez reduccionista.
Hay otros ámbitos de la vida que se ven vulnerados en esta hiper-transparencia
de exponer hasta la privacidad en la esfera pública. La transparencia no es la
base de la confianza, es una falacia, pues una sociedad que pide la
transparencia en exceso es porque ya perdió la confianza en su sistema
político, ya que la confianza es antípoda de la transparencia, porque la confianza es un acto en el cual uno tiene
un grado de desconocimiento del otro en su actuar y se espera que obre según un
proceder en el cual confiamos, en eso se confía. La transparencia como adicción
nos exige más muestras de exposición del todo, porque ya no se confía en el
otro u otros, llevándonos de encuentro la alteridad.
En una sociedad donde se apodera la cultura
del espectáculo no existen ciudadanos comprometidos con la democracia, sino
espectadores morbosos, que esperan los próximos casos de corrupción no con
ánimos de fortalecer la democracia, sino de entretenerse de la siguiente
manera: enfadarse y tuitear, sin pretensiones de cambios estructurales, porque
eso no está en su horizonte de praxis política; Guatemala es un ejemplo
patético de ello, malestar para nada. Los problemas son: Estados débiles, el
capitalismo, aquellos empresarios evasores, los políticos carentes de vísceras
con amor al bien público y el crimen organizado. Necesitamos transparencia como
una teleserie donde desconfiamos de todo, coincidencias con la serie The Walking Dead es producto de mi imaginación.
Apropósito, el morbo por el
espectáculo existe de todo tipo según la estructuración a la que uno pertenezca
en el plano del espacio social. Quién puede afirmar que se informa de la
situación de violencia o corrupción en el Estado, cuando sólo se indigna, pero
no se plantea un cambio estructural [Usted vive un tiempo sin macro relatos
entienda, me dirán]. El afán en el fondo ante los problemas del país es de
entretenerse, y sus medios para lograrlos son distintos; por ejemplo quienes
leen Mi Chero o El MÁS habla mucho de su ubicación en el espacio social, en
cambio quienes no nos consideramos parte de ese público por tener más capital
cultural o económico, leemos El Faro u otros que nos adornan las notas
periodísticas con algunas categorías sociológicas o recursos narrativos de la
literatura, pero en esencia compartimos mucho con el lector de Mi Chero o El
MÁS: entretenernos con las escenas viscosas diarias o conocer al nuevo corrupto,
únicamente que para no transgredir la frontera social necesitamos que nos presenten
la narrativa más cargada, pero cumpliendo su misión, darnos espectáculo en una sala
negra donde devoramos “la realidad”. Por supuesto es injusto no decir que
existirán lectores que se informan y quisieran un cambio real, pero esos son bichos
raros radicales o que también hay buenos periodistas, pero eso ya lo saben.
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